La acústica y la acción
Javier María Foks
Compositor e investigador en la armonía Phi
Nada le es ajeno al ciclo.
Se puede afirmar que todo lo que se mueve suena, aunque nos resulte inaudible. ¿Podríamos afirmar que todo lo que suena se mueve?
El sonido es un mensaje del movimiento, y por tanto de la actividad de un cuerpo. Para que un sonido se produzca, se han de juntar al menos dos cuerpos o dos partes de un cuerpo total. Juntar, tocar… Es natural que a los músicos se nos diga que tocamos música, lo que también sería aplicable al canto. Pero primero somos tocados por ella a través del sonido. Lo sonoro es, por tanto, una manifestación de la vida. ¿Pero podemos modificar nuestra vida dando utilidad al sonido que ella nos brinda? ¿Es el sonido capaz de cambiar trayectorias y enderezar situaciones? Es cuestión de ondas, de los periodos y frecuencias que porta la vibración; del mensaje invisible de su espiral. Una bomba destruye simplemente porque su onda expansiva rompe el aire a una intensidad elevadísima. Pero lo mismo hace una trompeta: romper aire, o más exactamente, comprimir aire, y a no ser que se tire a alguien a la cabeza, no mata. La intensidad de la frecuencia. Frecuencia, Vibración, acción e intención.
El recorrido cíclico de la vida en la Tierra y fuera de ella es alimentado por procesos invisibles e intangibles en vibración constante. Cada una de estas vibraciones responde a una frecuencia de oscilación que varía según los cuerpos. Cada cuerpo tiene dentro de sí una frecuencia fundamental de vibración, llamada tónica. Esta es la frecuencia más grave. Todos los cuerpos, grandes y pequeños, están sometidos a esta Ley. Los cuerpos celestes emiten “notas” al vibrar. Al igual que nosotros los humanos, en nuestro corazón, podemos escuchar tonos audibles y regulares. La frecuencia fundamental de cada cuerpo se sitúa y afina sobre la base de la magnitud y composición de las vibraciones que reciba. Resuena. La resonancia amplifica el efecto de la vibración. Una resonancia básica es producto del rebote de cada vibración en la superficie que rodea al cuerpo. Se llama a estos rebotes reverberación. Puede suceder que la longitud de onda de la vibración emitida sea igual a la vibración del cuerpo que la rodea. Se dice entonces que la resonancia es simpática, ya que ambos cuerpos vibran en simpatía a una frecuencia dada. El resultado final es la amplificación natural de la frecuencia en cuestión y la producción de frecuencias exclusivas de la intensidad del encuentro.
Somos resonadores que podemos sumar nuestra frecuencia de vibración para producir y amplificar lo que no se manifiesta si no unimos nuestras vibraciones. Es un movimiento armónico, un parto que libera en el aire la intención de los que unieron sus voces. Su acción es trascendental.
Aparte de la tónica, en música se habla de armónicos y en acústica de formantes. Estos se producen naturalmente sobre la base del tipo de vibración; de movimiento. Son sonidos que se producen junto a la tónica y están situados hacia arriba, pudiendo ser agudísimos. Los estudios y observaciones del fenómeno del audio nos llevan, a lo largo de muchos años, a evidencias que apuntan hacia un poder real que brota de cada uno. Podemos cantar los armónicos, como hacen en Mongolia con el canto Xoomi. Si ponemos a dos personas a cantar y le decimos a una que cante un La y a la otra un Do, ambas personas necesitarán una referencia fundamental, llamada diapasón o nota pedal –este último termino proviene de la música para órgano– ante la cual sus frecuencias serán próximas a los tonos La y Do. Aunque no serán tonos “puros”. Contendrán armónicos, que darán el color o timbre a cada voz; si es una mujer o un hombre o un niño. Pequeños sonidos, menos evidentes.
Nuestro oído puede reconocer diferentes oscilaciones como tonos musicales, gracias a su periodicidad. Afortunadamente, los cantantes y los instrumentos no dan cada una de las notas con la periodicidad cíclica exacta; es decir, su frecuencia, ya que no son máquinas sino órganos y por tanto sus pequeñas desviaciones de frecuencia hacia arriba o abajo generan bienestar en el oído atento.
El sonido más agudo que podemos oír aproximadamente vibra con una longitud de onda de 17 milímetros. Son sonidos que sólo se pueden oír en la infancia, y que se oyen con la coronilla, donde nace la espiral del cabello. La práctica de la música permite que se conserve, en mayor o menor medida, esta audición ultrasónica. Si no, poco a poco se va perdiendo. Es cuestión de ejercitar la identificación y la escucha. Los sonidos más graves mueven una energía mucho más evidente; el más grave nos sonará en los pies y en el perineo y tiene una longitud de onda de 17 o más metros.
Esta cualidad no se pierde a lo largo de la vida. Desde los 20 ciclos por segundo hasta el umbral de los 20.000, todo es periodo.
El Cosmos es un gran resonador en el que escuchar, y la Tierra es la portadora del mensaje, pero ¿qué elemento es el facilitador del mensaje en la Tierra? ¿Qué amplifica la vida aquí? Para mí es el agua. El fenómeno del audio y el agua tienen una intima relación, y el vocablo acústica nos lo indica claramente. El inicio del fenómeno físico-acústico en el ser humano se produce a través del aire, ya que nuestro oído externo y medio así lo ordena, siendo nuestro oído interno un laberinto que contiene un líquido viscoso, la endolinfa, y flota en un liquido acuoso, la perilinfa. Así, es de nuevo el agua la encargada de transmitir a través de nuestras dos pequeñas caracolas internas el mensaje al cerebro. Si nos estrujáramos el mismo, obtendríamos un 90% de agua, sin descuidar el hecho de que nuestro cerebro –y pensamiento– es bañado por el líquido cefalorraquídeo. La central de operación del ser humano es pues un océano transitado por destellos luminosos que producimos a la par que vivimos. Y es el agua la que se encarga de elaborar el andamiaje que luego conforma los interminables pliegues de nuestro cerebro y pensamiento. ¿Y qué escultor es capaz de hacer esos pliegues, sea en un árbol, una piedra, o un animal? Nuestro oído está sometido a las mismas leyes que mueven los océanos, y estos están sincronizados por el mismo reloj. Somos gestados en el líquido amniótico, entre el calor y la humedad, en un reloj perfecto. Ese reloj mora en el aire y más acá y allá del aire. Percibir esta acción es posible gracias a la observación detenida de los fenómenos naturales; sean una tormenta o el movimiento marino. ¿Por qué las mareas son movidas por la Luna? La respuesta está en el Sol. Y ¿en las mareas de fuego del sol? su frecuencia fundamental. Los antiguos atemporales conocían las frecuencias exactas de cada astro, cosa que en algunos pueblos más recientes, como en la Grecia antigua, Pitágoras y otros denominaron la música de las esferas irradiantes. Hoy podemos calcular, a través de computación, la frecuencia fundamental de cada astro. Obviamente, esto nos resultaría inaudible, aunque atender a esta ley –a este orden– nos puede revelar nuestra propia naturaleza esencial. De nuevo la simpatía de la vibración entre frecuencias resonantes. Esta es la magia de la que estamos lejos de conocer su truco, pudiendo disfrutarla a través del son ido al silencio.
Antes del silencio: sonido. Sonido que puede ser músico o ¿ruido?
En los años 30 del siglo pasado, el compositor norteamericano John Cage dijo que “el ruido es algo que molesta si no se escucha y que fascina si se hace”. ¿Qué fascinación puede producir algo a priori molesto?
Se trata de escuchar atentamente para poder extraer los ciclos que lo componen, siempre observando que la potencia acústica no sea excesiva. Estos ciclos se conforman, como antes quedó dicho, de una frecuencia fundamental y sus sobretonos armónicos, pero no siempre es fácil identificarlos. Asimismo tiene una serie de periodos cíclicos, mas o menos evidentes. El chirrido del frenazo de un autobús, el crepitar de una puerta hinchada, una lavadora centrifugando… son ruidos a los que se puede extraer su música, ya que estos movimientos siempre emitirán tonos audibles y más o menos mensurables. Ningún ruido se escapa a su base musical, a sus frecuencias. Concebir este estado musical en cada cosa que suena es posible. Probarlo es lograrlo. Pararse y escuchar. Cada instante de todo los sonidos que nos rodean, hasta percibirlo ya no por separado sino unido a nuestra conciencia.
Entonces podemos decir que el sonido es la resultante del movimiento de los cuerpos, que el ruido es directamente proporcional a la complejidad del movimiento de los cuerpos y que la música es el fenómeno que se produce al oír con detenimiento el movimiento armónico de los cuerpos. La diferencia está en el tipo de acción que impulsa a esos cuerpos y en la forma de oír de cada uno.
Bien. ¿Y el silencio? La primera interpretación es la ausencia de sonido. ¿Es esto posible? Sí, en relación con la actitud de la mente del que escucha; el silencio interior que facilita la escucha profunda. Y es que el sonido envía mensajes que el cerebro necesita para su crecimiento. Esto sucede de forma intensa en la infancia y nos acompaña toda la vida. Se ha comprobado que el tamaño del cerebelo de una persona que se dedica a la música puede crecer hasta un 40% a lo largo de su vida. El crecimiento es real, siempre y cuando nuestro cerebro, que siempre intentará, por sí solo, asimilar los mensajes, escuche profundamente.
El sonido se puede visualizar. Desde los años 60 del siglo XX, aunque el silencio no suena, se puede ver. ¿Cómo? En los años treinta, el químico alemán Reinhard Mecke y en 1934 H.Frenzel y H.Shultes comenzaron a hacer públicos los experimentos denominados cavitación por sonido y Sonoluminiscencia. Los romanos ya utilizaron hace 2.000 años la cavitación para derribar montañas y extraer su oro. Los experimentos contemporáneos utilizan sonido, agua y un matraz esférico de cristal para producir luz; de ahí el nombre de sonoluminiscencia.
Diversos experimentos a lo largo del tiempo han dado similares resultados, utilizando varios tipos de líquidos, basándose todos en la emisión, mediante altavoces, de frecuencias ultrasónicas superiores a los 18.000 ciclos por segundo o hercios, sobre los 27.000 y por encima de 29.000. Estas elevadísimas vibraciones son las causantes de la aparición de diminutas implosiones o cavidades esféricas, burbujas generadoras de luz y calor. Pueden aparecer muchas y se ha constatado que su temperatura exterior alcanza los 18.000 grados centígrados, pudiendo latir en su interior varias decenas de miles de grados, o incluso millones, con la consiguiente liberación de neutrones, al igual que sucede en las estrellas y nuestro Sol. Con lo que estamos hablando de verdadera fusión nuclear. En los experimentos, en condiciones de total oscuridad en el laboratorio, se han conseguido ver estas pequeñísimas estrellas a simple vista y en abundancia.
Y detrás de todo, posibilitándolo todo, están esas frecuencias ultrasónicas que ya no podemos oír, sino ver en la luz. Gracias a lo anterior, ya podemos ver el silencio. El silencio puede ser luz. Entonces, ¿es el sonido la oscuridad? Si es así, ¿de qué oscuridad estaríamos hablando?
No cabe duda de que ignoramos el poder de las fuerzas que nos sustentan. Pero el viaje del son ido al silencio –la sonoluminiscencia– puede darnos un nuevo sentido, un verdadero sentido común; con sentido. En algunos idiomas, como el catalán, en vez de la palabra escuchar se utiliza sentir. Las palabras que comienzan con la raíz Au nos hablan del Sol, ya que para nuestros ancestros y algunos contemporáneos el oro, cuyo símbolo químico es Au, representa al Sol en la Tierra. Entre las palabras del sol, tenemos audio, que deviene de audire, escuchar.
Escuchar el sol es acudir a la fuente pulsante. El agua es una gran generadora de luz, en las cascadas, cataratas, nubes y olas. Su movimiento es generado a su vez por la simpatía hacia las frecuencias que doblemente le llegan a través del Sol; su luz directa y la inferida en la Luna. Esto es posible gracias a las altísimas frecuencias a las que el agua vibra en superficie. Están presentes en su espuma, en los sonidos de la espuma. Y sólo es necesario fijar la mirada en un centro de agua rompiendo en movimiento para recibir estas luces. Cuando mejor se ve es en un día cubierto de nubes, de noche. Lo mismo sucede con todos los cuerpos, animales y animados, en una medida u otra. Todos generan son ido a la luz a través del agua; y por supuesto el viento a través del aire. Todo esto es experimentable y al tiempo tiene algo de milagroso ritual que nos da la vida. Está en nosotros la posibilidad de ver en este viaje nuestro viaje y consentir con la verdadera ley y orden, nuestras acciones, incluidas las mentales.
El que escucha profundamente nada ha de temer, sabedor de que está en manos de un Dios oscuro que mora en el ritmo –el gran espíritu del que hablan los indígenas y que da inicio a todas las religiones y creencias espirituales– que está en todas partes y que no se puede ver ni tocar, que no castiga ni sentencia; sencillamente está en todo, hace todo. Aquellas voces que algunos oyen son su Voz, y de ella nuestro canto de agradecimiento como respuesta. La frecuencia fundamental del cosmos no es mensurable, pero gracias a ella todo se mueve hacia el lugar que le corresponde. No falta ni sobra nada. Es perfecto, ya que al no mostrarse directamente permanece con apariencia imperfecta. Está en lo oscuro y rige al tiempo. El ser humano sufre cuando se olvida de su canción, de su simpatía resonante, de su movimiento natural. La música –poesía, danza y sonido en sincronía– no es mas que el regalo –el pan con el que venimos– con el que intercambiar el mensaje que nos ofrece la presencia oscura del amor más luminoso. Escucha en las campanas del cielo que parecen nubes y recibirás su mensaje. Escucha en el fluido del agua y en tu órgano electroacústico y recibirás el mensaje. El portador es el mensaje. No importa dónde estés, tanto si le escuchas como si no, el ritmo te inunda. Somos seres capaces de salpicar luz; seres acústicos en acción.
Espíritu
Ritmo
Tiempo
Movimiento
Gas
Agua
Sal